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	<title>Blog Creativo archivos - Ana Jiménez Rey</title>
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	<title>Blog Creativo archivos - Ana Jiménez Rey</title>
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		<title>Resiliencia</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Ana]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 15 Jan 2024 14:53:03 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Blog Creativo]]></category>
		<category><![CDATA[resiliencia]]></category>
		<category><![CDATA[superación]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Reflejo de una sociedad culpabilizada Últimamente me siento cada vez más cercada por la amenaza del virus. Las cifras aumentan a tu alrededor, el número de personas intermedias entre un [&#8230;]</p>
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<p><em>Reflejo de una sociedad culpabilizada</em></p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="880" height="558" src="https://anajimenezrey.com/wp-content/uploads/2022/03/2020110509001037890.jpg" alt="Resiliencia texto" class="wp-image-844" srcset="https://anajimenezrey.com/wp-content/uploads/2022/03/2020110509001037890.jpg 880w, https://anajimenezrey.com/wp-content/uploads/2022/03/2020110509001037890-300x190.jpg 300w, https://anajimenezrey.com/wp-content/uploads/2022/03/2020110509001037890-768x487.jpg 768w" sizes="(max-width: 880px) 100vw, 880px" /></figure>



<p>Últimamente me siento cada vez más cercada por la amenaza del virus. Las cifras aumentan a tu alrededor, el número de personas intermedias entre un caso de COVID-19 y tú es cada vez más estrecho y la sociedad no deja de recordarte constantemente que la situación no hace más que empeorar.</p>



<p>Te has vuelto una experta en diferenciar cuál es el equipamiento de protección individual más seguro; eres consciente en cada momento de lo que tocas, por dónde caminas, con quién has estado; y cada acción que llevas a cabo ha sido estudiada meticulosamente para no quebrantar el protocolo de seguridad individual que previamente has ido perfeccionando. Has automatizado cada uno de tus pasos y has evitado el contacto con personas a las que quieres, precisamente por eso…porque las quieres.</p>



<p>Sientes miedo, un miedo racional que se ha instalado ya en tu subconsciente y parece haber firmado un contrato de larga estancia contigo porque amenaza con quedarse por ahí un poco más, pero, sin embargo, también te sientes serena porque ¡venga ya!, por muy contagioso que sea el virus tú estás siguiendo el protocolo como la que más, lo que, según la teoría defiende, debería catalogarte como:&nbsp;<em>individuo de barreras inmunológicas impenetrables</em>.</p>



<p>Y, entonces… llega el día en que&nbsp;<strong>algo falla</strong>&nbsp;<strong>y te</strong>&nbsp;<strong>contagias</strong>.</p>



<p>¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Por qué yo? ¿Con quién he estado? ¿Me he quitado la mascarilla alguna vez? Y la pregunta inevitable, ¿qué he hecho mal?</p>



<p>Cuando te formulas esa última pregunta empieza a aparecer ese horrible y rastrero sentimiento que parece estar en boga estos días: la culpabilidad, la maldita culpa. Aún no has procesado la idea de que tienes el virus cuando escuchas las noticias y te das cuenta de que uno de esos 287 nuevos casos diarios diagnosticados en Córdoba eres tú y te sientes más disgustada y asustada por no saber hasta dónde has contribuido a sumar números a esa cifra y, también,&nbsp;avergonzada por fallarte a ti misma y a tus seres queridos. Formas parte de esas cifras que antes parecían ajenas de una manera triste y humillante.</p>



<p>Una vez asimilado&nbsp;<strong>sabes que tienes que movilizarte rápido.</strong>&nbsp;Buscas contactos estrechos y te preparas para pasar por una conversación telefónica que hace que la simple idea de realizarla te provoque un nudo en la garganta.</p>



<p>&nbsp;“Lo siento, lo siento mucho.&nbsp; Siento haberte puesto en esta situación. No quiero ni pensar en habérselo podido pegar a tu [<em>xxxxxx</em>] que es una persona de riesgo. Como le haya contagiado nunca me lo perdonaré. Me siento muy mal, no quería que esto pasara. Te informaré de todo lo que me digan”.</p>



<p>Después del mal rato te pones a investigar los pasos a seguir, tú ya me entiendes, simplemente por confirmarlos. Y entonces te das cuenta de que tan claros no los tienes. ¿Pero cómo puede ser eso? Meses y meses de adiestramiento a través de medios de comunicación, toneladas de información bombardeándote constantemente con instrucciones de procedimiento y, sin embargo, cuanto más lees, menos claras te quedan las cosas. ¿Acaso no tienes la suficiente inteligencia y desenvoltura para entender un protocolo pensado para todo el espectro ciudadano? Pues no, no está tan claro.&nbsp;<strong>Contradicciones, variedad de procedimientos, experiencias diferentes de personas cercanas a ti y caos e infodemia</strong>&nbsp;por todas partes, eso es lo que te encuentras y a lo que te tienes que enfrentar. No solo te sientes enferma, culpable, aislada y triste, sino que además te sientes inútil y te martirizas con ello.</p>



<p>Por otro lado, el plan que te habías trazado con antelación y sobre el que te habías autoconvencido de que no tenía ninguna fuga, se queda corto. Surgen mil y un problemas que no habías ni siquiera planeado. ¿Cómo repartimos ahora el espacio en casa? ¿Hasta dónde alcanzarán los víveres? ¿Quién va a cuidar de los abuelos? ¿Cómo sacamos al perro?&#8230; Todas estas preguntas dan vueltas por tu cabeza y necesitan de una rápida respuesta y solución.</p>



<p>Sin embargo, no solo te estás enfrentando a eso, sino que no se te olvida que también <strong>están esperándote para enviar un documento donde recojas todos tus contactos de los últimos días</strong> con sus datos correspondientes (más te vale tener a mano el número de la panadera con la que te paraste a hablar el día anterior un rato más de la cuenta) y que los acopies en una estilosa y cómoda tabla de Excel. </p>



<p>Todavía tus habilidades alcanzan para rellenar una hoja de Excel, menos mal, pero no puedes evitar pensar en todas esas personas mayores a las que este modo de vida virtual excluye constantemente. ¿Cómo se sentirán ellos? No puedo dejar en este momento de rememorar las escenas de la película “<a href="https://www.elconfidencial.com/cultura/cine/2016-10-28/ken-loach-daniel-blake_1281374/">Yo, Daniel Blake</a>” con la que se hace una crítica tremenda a este sistema que da la espalda a aquellas personas que no poseen esas herramientas o conocimientos y son dejadas a su suerte o desgracia. Si le pregunto a mi abuela, te aseguro que “<em>guasap</em>” es eso que tienen los andaluces.</p>



<p>Consigues pasar lo peor: <strong>asimilación de la noticia, comunicación a seres queridos y burocracia</strong>. Y, ¿ahora qué? Ahora te esperan días sola. Días de soledad culpable. Te da miedo el qué dirán por el: “es joven, seguro que lo ha pillado de fiesta”; “no habrá seguido las normas de seguridad, qué irresponsable”; “nos ha puesto en riesgo a todos”. Juicios que con gran probabilidad no habrás recibido siquiera, pero que por alguna razón están ahí en tu cabeza porque ahora te sientes señalada con una diana a la espalda.</p>



<p> <strong>La sociedad te ha otorgado el papel de infectado y ahora te aísla</strong>. Ese es el sentimiento de una persona infectada: una espantosa culpa inherente al papel que le toca representar por los próximos 15 días. Y yo me pregunto, ¿por qué nos sentimos culpables? Si sigues las normas y eres sumamente cuidadoso, no es razonable ni justo convivir con esa carga autoimpuesta. La respuesta no la tengo yo desgraciadamente, quizás son <strong>los medios de comunicación que relacionan constantemente infección con inconsciencia</strong>; quizás es el propio aislamiento que te hace sentir como en una cárcel y, por ende, como si hubieras hecho algo mal; o quizás es tu propia angustia queriendo salir a la luz.</p>



<p>Algo que es verídico, y&nbsp;<a href="https://preprints.scielo.org/index.php/scielo/preprint/view/303/358">comprobado por expertos</a>, es que&nbsp;<strong>nuestra salud mental ha sufrido un revés con esta pandemia</strong>. Somos una sociedad que está más enferma y no únicamente de manera fisiológica. Tenemos mayor preocupación por nuestra salud y temor por la salud de nuestros seres queridos; nos preocupa la situación financiera y laboral que quedará cuando todo pase; muchos hemos visto afectado nuestro sueño y alimentación; las personas con trastornos de salud mental no han hecho más que ver sus problemas agravados; y un sentimiento de soledad afecta directamente a nuestras personas mayores, y lo que peor llevamos: que no sabemos por cuánto tiempo más.</p>



<p>Tú dirás: “bueno, pues todo esto que me cuentas no ayuda mucho a mi estado anímico”. Y tienes toda la razón. He plasmado hasta ahora un escenario gris, apagado y de pesadumbre, pero las cosas hay que decirlas, no podemos quedarnos callados y, si alguna persona se siente como he descrito más arriba, espero haber abierto una ventana dentro de esa prisión de soledad para que vea que: No estáis solos.</p>



<p>Quiero hacer un llamamiento, <strong>un llamamiento a la solidaridad</strong> más que nunca. De nosotros como ciudadanos depende el hacernos el camino más ameno los unos a los otros. De nada sirve culparse cuando has estado haciendo las cosas bien y menos aún culpar a los demás. Seamos altruistas, seamos generosos y busquemos el bien común. </p>



<p>Si ves a alguien pasando un mal momento, no cuesta nada intentar aportar tu granito de arena; si ves una persona mayor que necesita que la escuchen, concédele ese deseo tan ínfimo. Tú puedes pensar que no es un gran gesto por tu parte, pero a esa persona la puedes liberar de la angustia e incertidumbre que está viviendo estos días. No permitamos que se reproduzca el escenario de “Yo, Daniel Blake”, seamos mejor que eso; <strong>observa a tu alrededor y actúa frente a las injusticias; ayuda al prójimo</strong>, pero muy importante también, déjate ayudar cuando lo necesites.</p>



<p>En esta lucha no estamos solos; no somos culpables; tenemos que ser capaces de superar esta traumática experiencia y seguir avanzando, tenemos que ser:&nbsp;<strong>RESILIENTES</strong>.</p>



<p>*Extracto publicado en Milla Cero: <a href="https://www.millacero.es/articulo/lux-et-veritas/resiliencia/20201105101536004671.html" target="_blank" rel="noreferrer noopener">enlace aquí</a>. </p>
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		<title>Una melodía de esperanza</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Ana]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 15 Jan 2024 14:52:31 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Blog Creativo]]></category>
		<category><![CDATA[Relato]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El sonido de los pájaros en plena hora punta. ¿Habíamos escuchado antes esta sinfonía, tan antigua en el tiempo, pero tan desconocida en este siglo en el que el ahora, [&#8230;]</p>
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<p>El sonido de los pájaros en plena hora punta. ¿Habíamos escuchado antes esta sinfonía, tan antigua en el tiempo, pero tan desconocida en este siglo en el que el ahora, la inmediatez, el individualismo y el “voy en modo automático” acaparan todo nuestro ser? Pareciera que el mundo no estuviera colapsando; que la gente no estuviera muriendo; y que un sentimiento de incertidumbre no pesara sobre nuestros hombros, con solo mirar por la ventana.</p>



<p>Si fuera tan fácil como ser pájaros estos días…</p>



<p>Escribo ahora mismo sentada en la antigua mecedora de mi abuela y con la brisa trayéndome esa melodía que se intensifica conforme la tarde va avanzando y se acerca la hora del jolgorio de las aves, la mejor del día. Estoy agradecida y sé la fortuna de tener este remanso de paz que tanto está haciendo por mi salud mental estos días tan grises para el alma, aunque, siento ese pinchazo de culpabilidad por poder tener este placer. Ahora, en una soledad casi absoluta, solo con la compañía durante el día de Menta y Fiona (las fieles compañeras caninas que consiguen disipar en ciertos momentos la preocupación) y esas conversaciones entre aves que desearía poder traducir, se alimenta la melancolía y la añoranza.</p>



<p>Recuerdo los primeros días. Los que eran «corona-escépticos»: “no es para tanto”, “qué exageración”, “como me fastidien los planes…”. Los apocalípticos: “vamos a morir todos”, “el mundo no será lo que era”, “seguro que este es un plan secreto para hacerse con el control mundial”. Y por otro lado los que ignoraban el problema y seguían con sus vidas mientras se pudiera. Ahora quedan menos escépticos y algún apocalíptico de más, pero han surgido nuevos perfiles también, más solidarios, voluntariosos y se pueden ver heroicidades. Son esos nuevos descubrimientos los que consiguen unir estos días a la sociedad y permiten que queden algunos rescoldos de esperanza.</p>



<p>Recuerdo esa primera alarma que mantuvo al país delante de sus televisores y no era por un mundial de fútbol, por escuchar los cuartos antes de tomarse las uvas, ni por saber el número ganador de la lotería. De repente todo el mundo estaba a la espera de buscar algún apoyo o una pista sobre qué paso dar mientras salíamos por primera vez en mucho tiempo de ese estado de autómata. Y eso se captaba con un simple vistazo, incluso para los que no son muy buenos observadores. Las calles más vacías de lo habitual; los supermercados llenos de gente, vacíos de provisiones; y un ambiente taciturno incluso en los días más soleados.  </p>



<p>Recuerdo echar un vistazo a la maleta al lado de la puerta. La documentación en regla. La notificación de la app de vuelos diciendo “tu vuelo destino… está ahora al mejor precio. ¡Cómpralo!”. Mi situación no es un caso aislado, sino una entre los miles de planes frustrados que flotan todavía por el aire. Y, sin embargo, lo que en su momento fuera una desilusión para tanta gente, ocupa el más ínfimo resquicio de nuestros pensamientos ahora.</p>



<p>El desasosiego del ambiente es tan pesado estos días que casi se puede respirar. Se siente como una carga que amenaza con alterar la estabilidad emocional general. La escena, se mire por donde se mire, es triste. Nunca antes se habían visto las calles tan desoladas. Pareciera que, de un día para otro, toda muestra de vida humana hubiera desaparecido de la faz de la tierra.</p>



<p>Aunque, si miras por la ventana… hay más humanidad que nunca. Los primeros días, en los que aún me encontraba en la ciudad, reparé por primera vez en esas ventanas, tan presentes en la vida cotidiana que no me había parado a pensar en las personas que habitan esas casas. De alguna manera, de esas ventanas ahora aflora un nuevo interés y un sentimiento de complicidad con esas personas desconocidas; personas con las que hemos compartido las paredes de nuestro hogar y en las que en numerosos casos solo hemos cruzado un tímido e incómodo “hola” en el rellano.&nbsp;</p>



<p>Estamos haciendo de todo. No iban a ser todas las noticias negativas, por supuesto. Esta adversidad parece haber despertado un sentimiento de solidaridad que pareciera, hubiéramos perdido. Hemos enseñado a nuestros abuelos a usar esos “cacharros endemoniados” que nos tienen <em>atontaos </em>para poder verlos y hablar con ellos, intentando reducir esa soledad que se acentúa sobre todo en estos momentos. Nos hemos vuelto a sentar a la mesa a comer con la familia, con tranquilidad y tiempo; tradición que en muchos casos habíamos dejado relegada a los días festivos. Hemos inventado maneras ingeniosas y creativas de contactar con los amigos, fortaleciendo esos lazos y soñando con ese reencuentro tan esperado. Nos hemos vuelto atletas, cocinitas, profesionales de la danza, cantantes, expertos en las manualidades, pintores prodigiosos y los más ávidos lectores.</p>



<p>Puede que de esta situación salgamos fortalecidos, valoremos los pequeños placeres de la vida que son las <strong>personas</strong> y el <strong>tiempo</strong>, y ya de paso, tengamos una nueva habilidad descubierta a la que dedicarnos profesionalmente si nuestro plan A en la vida falla. Aunque, como tanto se dice, “el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra”. Solo espero que en esta ocasión hayamos aprendido a saltar.</p>



<p>Ahora he de dejar de escribir y empezar a balancearme en la mecedora: empieza la hora del jolgorio.</p>
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		<title>Reseña: «Cien Años de Soledad» de Gabriel García Márquez</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Ana]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 15 Jan 2024 14:51:54 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Blog Creativo]]></category>
		<category><![CDATA[Cien Años de Soledad]]></category>
		<category><![CDATA[Gabriel García Márquez]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La Carta Pastoral corrobora la existencia en Latinoamérica de lo que se denomina «violencia institucionalizada», término que arraiga en los cimientos del sistema y que da como resultado la proliferación [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://anajimenezrey.com/resena-cien-anos-de-soledad/">Reseña: «Cien Años de Soledad» de Gabriel García Márquez</a> se publicó primero en <a href="https://anajimenezrey.com">Ana Jiménez Rey</a>.</p>
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<p><br>La Carta Pastoral corrobora la existencia en Latinoamérica de lo que se denomina «violencia institucionalizada», término que arraiga en los cimientos del sistema y que da como resultado la proliferación de una sociedad cada vez más injusta. Con esta<br>declaración de valores, la Carta Pastoral exige la necesidad de reformas políticas y sociales que sean capaces de restaurar un nuevo sistema desde las mismas bases.</p>



<p><br>Esta violencia institucionalizada provoca, como bien comenta la Carta y observamos a lo largo del relato, una dependencia de la población que se puede observar dentro del mismo Macondo, sobre todo durante la época de la compañía bananera, como una dependencia del exterior. Relacionándolo con lo estudiado en la asignatura, esta situación podría explicarse a través de la Teoría de la Dependencia, con esa existente supeditación de Macondo, una pequeña población de la periferia, alejada del gobierno central y la capital y que según avanza la historia, pasa a depender cada vez más de las decisiones que se toman fuera.</p>



<p><br>Por otro lado, esta violencia en las instituciones se ve amparada por los sistemas de poder que se han ido desarrollando en Macondo, y, por tanto, en América Latina. Con la lectura asistimos al surgimiento de unas élites que se van haciendo con el poder y siempre acompañadas por el elemento militar. Esas élites, que comienzan siendo militares, y a las que también se les unirán posteriormente los empresarios extranjeros que se establecen en el pueblo y la Iglesia, consiguen justificar su posición y mediante el uso de la fuerza silenciar las posibles revueltas como respuesta a esta disposición injusta de influencia. </p>



<p>Estas clases pudientes (como el ejemplo nuevamente de los americanos al cargo de la bananera), se acercan a las fuerzas armadas para controlar a las clases subyugadas y este sistema se ve reforzado y mantenido por unas instituciones débiles y corruptas que además no permiten la participación civil. “Cuando los trabajadores redactaron un pliego de peticiones unánime, pasó mucho tiempo sin que pudieran notificar oficialmente a la compañía bananera” (Márquez, pág. 341, 1967). Se reafirma así también en la novela la existencia de diferentes clases sociales y puede verse como Gabriel García Márquez hace una denuncia de esta situación. También, este tono de denuncia del autor puede entenderse si se reflexiona sobre el peso que se le da al tema militar durante toda la novela; que es recurrente y aparece continuamente definiendo la vida de todos los personajes directa o indirectamente. </p>



<p></p>



<p>El coronel Arcadio Buendía, por ejemplo, es uno de los personajes que más protagonismo tiene durante la historia, personificando en su figura la tradición militar tan importante que hay en la tierra y que, de alguna manera, los militares son los que tienen el poder junto con los ricos. Este uso indiscriminado del poder y la fuerza no es exclusivo del bando liberal o del conservador. </p>



<p>Como hemos advertido con la lectura, se ve esa represión por parte del bando liberal, con la llegada a Macondo de las tropas tras la victoria militar de Aureliano, y también por parte del bando conservador, que permite y secunda los abusos de la compañía bananera. Más adelante, incluso llegará el momento en el que no importe el bando en el que se esté, sino simplemente los beneficios conjuntos que se puedan obtener. </p>



<p>La última idea se refleja en el fragmento del libro que dice: “Que el gobierno conservador, decía, con el apoyo de los liberales, estaba reformando el calendario para que cada presidente estuviera cien años en el poder. Que por fin se había firmado el concordato con la Santa Sede […] y que los ministros liberales se habían hecho retratar de rodillas en el acto de besarle el anillo” (Márquez, pág. 230, 1967).</p>



<p>Esta gran represión que sufre el pueblo, recibe la respuesta de la población civil que se empieza a organizar en sindicatos para pedir unas condiciones de trabajo justas. “La inconformidad de los trabajadores se fundaba esta vez en la insalubridad de las viviendas, el engaño de los servicios médicos y la iniquidad de las condiciones de trabajo” (Márquez, pág.341, 1967). </p>



<p>Estas huelgas son reprimidas violentamente por las autoridades y el pueblo contesta indignado con violencia también. La Iglesia Católica, institución que va variando en presencia e importancia durante la historia, ha estado desde los comienzos en el relato dando explicación a tradiciones y comportamientos de los propios personajes. En sus inicios, es mal vista por los liberales los cuales defienden esos valores católicos como contrarios a sus ideales (igual que el pensamiento de la Iglesia respecto al liberal) y por eso se puede acercar la Iglesia a los valores tradicionales de los conservadores.</p>



<p>Este fragmente del propio Don Teodoro Moscote respalda la anterior idea: “Los liberales, le decía, eran masones; gente de mala índole, partidaria de ahorcar a los curas, de implantar el matrimonio civil y el divorcio, de reconocer iguales derechos a los hijos naturales que a los legítimos, y de despedazar en un sistema federal que despojara de poderes a la autoridad suprema.</p>



<p>Los conservadores, en cambio, que habían recibido el poder directamente de Dios, propugnaban por la estabilidad del orden público y moral la moral familiar; eran los defensores de la fe de Cristo, del principio de autoridad, y no estaban dispuestos a permitir que el país fuera descuartizado en entidades autónomas” (Márquez, pág. 116-117, 2967). </p>



<p></p>



<p><br>Como dice Carlos Fuentes: “He leído el Quijote americano, un Quijote capturado entre las montañas y la selva, privado de llanuras…” Esta novela, me evoca también a la sensación que me dejó la lectura del Quijote en su día. Dos lecturas muy diferentes en forma y contenido, pero cuyos caminos desembocan en un resultado común: consiguen delimitar un territorio, profundizar en su creación y en la gente que vive de él, y en el caso de Cien años de soledad es: la sociedad latinoamericana.</p>



<p><br>Esta novela tiene tintes universales debido a su naturaleza tan diversa: hace referencia a un mundo tradicional, y al mismo tiempo vemos cómo este evoluciona, llegando a convivir en un mismo escenario valores tradicionales y modernos. También podemos hablar de un carácter social, sin que deje de lado el gran individualismo de muchos de los personajes. Una característica que tampoco pasa desapercibida de esta obra es el tratamiento que se hace y cómo se fusiona el realismo con lo imaginario, lo que también se conoce como realismo mágico y que dota a este libro de ese carácter excepcional. </p>



<p>Los sucesos más cotidianos, e incluso irrelevantes, se ven como algo tremendamente fuera de lo normal y los sucesos sobrenaturales los aceptan como algo cotidiano, muestra de ese realismo mágico, pero que usado en la manera que lo hace el autor, y por paradójico que suene, hace más verosímil la narración de ciertos acontecimientos.</p>



<p><br>La novela, que describe una sociedad dentro de un ciclo cerrado, refleja a través de Macondo parte de la realidad latinoamericana. Mediante el nacimiento, desarrollo, decadencia y muerte de Macondo, podemos hacer ciertos paralelismos con la historia de los países latinoamericanos. La novela se remonta a los mitos fundacionales de América Latina que, a través de la creación de una población ficticia (Macondo) donde se recogen todas esas características que han formado parte de la construcción del continente, explican el verdadero germen de las agitaciones sociales y las luchas por la liberación. Se concibe así un relato que guarda la historia de este continente y lo hace formar parte de la cultura universal.</p>



<p><br>Primero nos centraremos en el estilo de sociedad que se refleja en la novela. En Macondo, durante las diferentes etapas que pueden discernirse, hay un patrón que se mantiene constante y es el de la jerarquización marcada por una sociedad patriarcal. Las relaciones de poder a nivel interno, como es en el seno de la familia donde la mujer queda relegada a una esfera de sumisión (levemente mitigada por el papel cada vez más protagonista que toma Úrsula), acaban por determinar el orden jerárquico de la propia comunidad. “Los hombres piden más de lo que tú crees. Hay mucho que cocinar, mucho que barrer, mucho que sufrir por pequeñeces, además de lo que crees” (Márquez, pág. 270, 1967). </p>



<p>En un principio, Macondo es un poblado de carácter más rural con una estructura patriarcal que encabezaría el propio José Arcadio Buendía. Por lo general, durante el libro, es esa voluntad masculina la que se impone frente a la femenina, que queda relegada a un papel de sumisión excepto en algunos conatos de rebeldía de alguna de las protagonistas. Este sistema patriarcal muestra a la perfección uno de los problemas sociales que encontramos en los países latinoamericanos.</p>



<p><br>El orden patriarcal va derivando en un nivel externo en las esferas públicas al surgimiento de una autoridad política, pero esta transición carente de unas instituciones lo suficientemente consolidadas provoca que este orden sirva de base para la consiguiente creación de los estados.</p>



<p><br>En esa evolución que se va observando en Macondo, se ve cómo surgen caudillos que, mediante el uso de armas, ostentarán el poder. Comienza así una etapa en Macondo (y en general en las regiones latinoamericanas) en la que las guerras civiles serán recurrentes con los enfrentamientos entre conservadores y liberales, tensiones que vivimos de primera mano con el seguimiento de la historia del coronel Aureliano Buendía. </p>



<p>Durante esta etapa, el lector es testigo de los cambios de regímenes que se dan en el pueblo, pasando de esa sociedad más rural y, en cierto sentido más igualitaria, a uno liberal y luego conservador. Sin embargo, llega un momento en la historia en el cual las razones de la lucha ya no son ideológicas; los personajes pierden esa perspectiva y luchan por el mantenimiento del poder y más tarde incluso pierden la noción de cuál es el objetivo real de la guerra.<br>“- Quiere decir- sonrió el coronel Aureliano Buendía cuando terminó la lectura- que solo estamos luchando por el poder” (Márquez, pág. 196, 1967). Se refleja de esta manera otro de los elementos que han caracterizado la sociedad latinoamericana y son esos abusos que esos caudillos militares cometen cuando alcanzan el poder y cuyas perversiones y corrupciones llegan a no diferenciarse entre un bando y otro.</p>



<p><br>Con forme vamos viendo esa evolución en Macondo, podemos observar de igual manera que ese cambio de un escenario rural a uno cada vez más urbano, además de modernizar las industrias dentro de la civilización, supone una apertura al mundo que pone a Macondo en el mapa y comienza a ser receptor tanto de modernidades como de extranjeros interesados en el lugar. Innovaciones como la luz eléctrica o el ferrocarril llegan al poblado y suponen automáticamente un cambio sustancial en la importancia del mismo. Sin embargo, es precisamente este proceso de modernización el que también atrae al pueblo a la compañía bananera que cambiará su modelo económico y social.</p>



<p><br>Con la creación de esta compañía bananera, se empieza a requerir mano de obra y por el precio, lo más económico para estos nuevos empresarios es la mano de obra local. Surgen así nuevos trabajos en Macondo, pero también nuevos problemas. Comienzan las explotaciones (comunes en América Latina estas nuevas formas de explotación neocolonial) que hacen estallar a los trabajadores que se unirán para exigir derechos laborales justos: surgen las organizaciones sindicales en Macondo. </p>



<p>La compañía bananera, que empieza a tener cada vez más control también sobre las autoridades locales y militares, comienza a hacer uso de una represión que escala hasta que acalla las voces sindicales con el suceso de la matanza donde asesinan a tres mil de sus trabajadores y del cual salen todos impunes. Este es un claro ejemplo de ese poder cada vez mayor que van acaparando las élites en estos países, retratando así el pasado político, social y económico latinoamericano.<br>García Márquez busca denunciar esas masacres, esa sociedad jerárquica y esas guerras civiles que tanto daño han hecho a Colombia, América Latina y al mundo.<br>García Márquez, Gabriel (1967). Cien años de soledad. Buenos Aires: Editorial Sudamericana.</p>
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		<title>El remolino</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Ana]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 12 Mar 2022 16:30:54 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Blog Creativo]]></category>
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<figure class="wp-block-image size-full"><img decoding="async" width="283" height="280" src="https://anajimenezrey.com/wp-content/uploads/2022/03/sd-remolinos.jpg" alt="" class="wp-image-931"/></figure>



<p>Hacía unos días se cortó el pelo. Pidió que le hicieran el mismo corte que llevaba desde hace más de diez años. Recto, liso y con la raya al centro. Pero esta vez, desde el día que se lo cortó, tenía un remolino de pelo en la frente que le atormentaba cada mañana al salir de casa. Daba igual el tiempo que empleara batallando con el cepillo, el secador y el agua, este acababa rebelándose contra ella y terminaba por desistir frente al espejo. Lo único que le quedaba era intentar no pensar que estaría ahí lo que le quedaba de día. Aunque, bastaba la mínima mirada repentina a un espejo para que su enojo resurgiera al ver que seguía ahí.</p>



<p>No recordaba tener remolinos en el pelo, eso era lo que más le frustraba. ¿Por qué ese había salido de repente para atormentarle sus días? Se puso a buscar fotos por si encontraba alguna que le dijera si ese remolino estaba ahí en algún otro momento de su vida. Buscando y buscando no logró encontrar ninguna de los últimos diez años, pero sí se topó con una fotografía en la que tendría alrededor de seis años y estaba ese remolino dichoso. </p>



<p>Llevaba el pelo corto y sujeto con una felpa de tela visiblemente mal puesta y ese remolino se rebelaba de nuevo contra ella escapándose de toda sujeción. Sin embargo, lo que más llamó su atención de esa foto era su cara. Parecía realmente feliz. Aparecía sentada en un sillón agarrando un peluche al que en aquella época tenía mucho cariño y tenía una sonrisa mellada y sincera que le ocupaba todo el rostro. Parece que en ese momento el remolino no era un problema para ella.</p>



<p>Desde que salió el remolino de nuevo se sentía profundamente mal. Llevaba un tiempo dándole vueltas a preocupaciones en su cabeza y situaciones futuras que ahora mismo no sabía cómo afrontaría. Había días en los que perdía la ilusión, la motivación y la felicidad. Se sentía como si estuviera en un sitio lleno de oscuridad en el que a veces aparecían pequeños haces de luz que terminaban disipándose de nuevo rápidamente. Sin un camino claro se sentía de nuevo perdida ante el cambio. Parecía que nunca aprendía del pasado. </p>



<p>Siempre que había sentido esa sensación, se había producido después una transformación que siempre le terminaba dejando alguna enseñanza. ¿Qué era lo que tanto temía? ¿Por qué había veces en las que volvía a dudar de sí misma? Una de las razones de estos sentimientos era la incertidumbre, la maldita y también emocionante incertidumbre. No saber qué llegaría; no saber qué sería lo siguiente que estuviera haciendo con su vida… A veces costaba lidiar con ese vértigo. Es por ello que, aunque en ese momento sintiera ese vértigo en el estómago, aunque en ese momento se bloqueara momentáneamente y le robara la tranquilidad en la que estaba viviendo, sabía que luego llegaría la emoción. Siempre había llegado y no pensaba que en esta ocasión fuera diferente.</p>



<p>Ella creía que ese remolino que le producía intranquilidad y frustración tenía su razón de ser. Ahora mismo sigue en proceso de reconciliarse con él porque tiene la esperanza de que sea esa señal de que la emoción por algo nuevo y excitante está por llegar muy pronto a su vida y será entonces cuando ese remolino deje de ser de nuevo un problema para <strong>mí</strong>.</p>
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		<title>CRÍTICA EL EXORCISTA</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Ana]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 11 Mar 2022 21:42:49 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Blog Creativo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>‘’El Exorcista’’ es una de las grandes películas en la historia del cine de terror. Pero, ¿por qué esta película sigue siendo un referente hoy? Sin duda, este filme se [&#8230;]</p>
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<p>‘’<em>El Exorcista’’ </em>es una de las grandes películas en la historia del cine de terror. Pero, ¿por qué esta película sigue siendo un referente hoy?</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full"><img decoding="async" width="500" height="724" src="https://anajimenezrey.com/wp-content/uploads/2022/03/001_m.jpg" alt="Crítica El exorcista" class="wp-image-917" srcset="https://anajimenezrey.com/wp-content/uploads/2022/03/001_m.jpg 500w, https://anajimenezrey.com/wp-content/uploads/2022/03/001_m-207x300.jpg 207w" sizes="(max-width: 500px) 100vw, 500px" /></figure>



<p></p>



<p>Sin duda, este filme se ajusta perfectamente a las expectativas de su género. Inicialmente su trama, algo compleja, puede generar cierta confusión en el espectador, y su ritmo en algunas escenas resulta un poco tedioso. El escenario del yacimiento arqueológico (recurso muy utilizado en su género) no parece aclarar demasiado el papel de cada uno de los personajes, cuyas historias individuales tardan en cruzarse, pero cuando esto ocurre, se arroja una nueva claridad sobre la historia. Si bien, el trabajo actoral es impecable, no cabe duda que Ellen Burstyn (madre) y Linda Blair (hija), destacan por su enorme fuerza interpretativa.</p>



<p>A medida que transcurre la película, se va creando un clima de suspense que no necesita de grandes efectos especiales para captar la atención del espectador, de una manera sencilla, pero al mismo tiempo impactante. Es capaz de jugar con el subconsciente del público generando una sensación de miedo que responde más a una atmósfera de tensión, huyendo del susto fácil, tan propio de las películas de terror actuales.</p>



<p>Una escenografía cuidada junto con la tenue luminosidad con la que está rodada la película y muchas imágenes de escenas que oscilan entre lo arduo y lo surrealista hacen imposible que el espectador permanezca indiferente.</p>



<p>En mi opinión, la minuciosa descripción de los distintos personajes va en detrimento del ritmo de la película, resultando algo lento al principio. Sin embargo, en su conjunto se puede decir que el clima de tensión se mantiene hasta el final.</p>



<p>Una lucha eterna entre el bien y el mal, con una presencia del demonio en el ambiente de la película quizás sea la aportación original que en su día hizo de esta película una obra adelantada a su tiempo.</p>



<p>Por todo lo anterior, no recomendaría esta película a aquellas personas muy susceptibles y escépticas, sino para aquellas que realmente gusten del cine de terror y quieran ver algo diferente a lo que estamos acostumbrados durante estos días.</p>
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		<title>El hombre de la tabla</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Ana]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 11 Mar 2022 21:09:02 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Blog Creativo]]></category>
		<category><![CDATA[Relato]]></category>
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<p>La especie humana es capaz de lo mejor, pero también de lo peor. Y seguramente esto es así desde los primeros tiempos. Lo bueno y lo malo conviven en el comportamiento y los actos cotidianos de cada persona, a menudo, sin una frontera perceptible a simple vista. Quizás sea esta la mayor dificultad para relacionarnos armoniosamente con nuestros semejantes, sin que aparezcan los conflictos, o al menos, sin que estos lesionen nuestros derechos o los de nuestros interlocutores. El éxito de las sociedades más avanzadas parece estar muy relacionado con la honestidad y las pautas de comportamiento de sus habitantes.</p>



<p><br>Andaba yo en esas reflexiones cuando encontré en internet una historia que me llamó la atención, por el peculiar comportamiento de su protagonista. La acción transcurría en una fábrica de cemento de enormes dimensiones, la más importante de su sector, con una organización minuciosa hasta el último detalle. La empresa funcionaba ininterrumpidamente todo el año, las veinticuatro horas del día. Aquel gigante cementero que parecía tener vida propia me recordó a la leyenda de la Hidra de Lerna que había leído en mi infancia. Como si se tratase de ese monstruo legendario, la fábrica estaba atravesada por una enmarañada red de tuberías y conducciones metálicas que parecían no tener fin, y cuyos distintos colores parecían la prolongación de los uniformes de los tres mil trabajadores de la empresa.</p>



<p><br>Recordando mis lecturas infantiles, me imaginé aquella cementera como la famosa hidra mitológica de largos cuellos y múltiples cabezas, cuyos brazos eran las articulaciones mecánicas y las bandas transportadoras interminables del monstruoso complejo fabril. En el interior de cada una de sus enormes bocas permanentemente abiertas desaparecían todos los materiales que venían de la cantera cercana. Los molinos gigantes engullían sin cesar todo tipo de rocas, desde las más blandas como arena, arcilla, yeso y caliza, hasta los minerales más duros, entre ellos, los ferruginosos. Todos estos eran desmenuzados y triturados antes de pasar a los hornos de alta temperatura donde se fundirían perdiendo así su naturaleza para convertirse en una masa amorfa. Esa era la secuencia de la fabricación del cemento; así trabajaba este coloso industrial, sin un segundo de descanso.</p>



<p><br>Los trabajadores, técnicos y directivos de la empresa parecían estar sincronizados como precisos engranajes dentro de aquellas gigantescas instalaciones por las que se movían a diario. La compleja organización de la fábrica no había dejado ningún detalle al azar, llegando hasta el extremo de definir un código de colores identificativo de las distintas secciones de la industria, que permitirían mimetizarse a sus empleados en su quehacer diario. </p>



<p>Así, aquellos trabajadores que estaban destinos a los trabajos de la cantera vestían un uniforme gris; los operarios que estaban encargados de cuidar de las materias primas y transportarlas hasta la fábrica se reconocían por llevar ropas azules; los molineros se diferenciaban por llevar monos amarillos y aparatosos elementos de protección; en los hornos de calcinación el color reglamentario era el rojo; para los trabajadores de limpieza y mantenimiento se había estipulado el color blanco, sinónimo de pulcritud; los que realizaban tareas de almacenamiento vestían de verde y así sucesivamente hasta agotar los colores del arcoíris más completo, creando una sólida identidad corporativa defendida a capa y espada por todos los miembros de aquella empresa.</p>



<p><br>Toda esa compleja organización estaba sin duda enfocada a conseguir la mayor productividad de cada uno de los trabajadores de la empresa y, por supuesto, a obtener los máximos beneficios económicos del recinto industrial. De ahí que el trabajo que se realizaba en la fábrica era intenso e incesante; solo era interrumpido por el tiempo destinado a la comida de los trabajadores que estaba fijado por los convenios laborales. Dichas pausas se hacían por turnos rigurosamente establecidos, sin que las actividades se interrumpiesen en ningún momento. A media mañana, los trabajadores tenían derecho a un descanso de treinta minutos, que en su mayoría utilizaban para comerse un bocadillo y reponer fuerzas para afrontar la larga jornada laboral. </p>



<p>Llegado su turno, cada trabajador se dirigía a su área de descanso, de forma perfectamente ordenada, como no podía ser de otra manera en una fábrica tan organizada. Uno tras otro se iban formando grupos reducidos, muchos de ellos consolidados después de muchos años de trabajo en aquellas instalaciones, normalmente integrados por empleados de las mismas secciones, a la vista de los colores de sus uniformes. Prácticamente en todos los grupos, los trabajadores comían y charlaban animadamente olvidándose por unos minutos de sus tareas rutinarias en la fábrica.</p>



<p><br>Pero volviendo al comienzo del relato, el comportamiento humano es rico en singularidades. A diferencia de lo que sucede en otras especies y, por supuesto, muy alejado del funcionamiento de las máquinas, podemos encontrar excepciones que se saltan la norma. Estas reflexiones me dan pie a comentar las características de un trabajador de la cementera, cuyo extraño comportamiento fue detectado casualmente por un técnico de la propia empresa.<br>Era un hombre de baja estatura, pero de complexión robusta; de hombros anchos y piernas cortas y algo rollizas. Tenía la tez morena por las horas que pasaría en el exterior y en su rostro se empezaba a vislumbrar los primeros atisbos de unas arrugas que parecían prematuras para la edad que debía tener, probablemente síntoma de años de trabajo en el sector. Vestía de color blanco, lo que automáticamente lo clasificaba entre los operarios de limpieza y mantenimiento. </p>



<p>Pero lo realmente llamativo de ese hombre no era el hecho de que se sentara alejado del resto de personas, era que mientras comía su bocadillo con una mano, con la otra sujetaba una tabla que apoyaba en su hombro izquierdo. En ningún momento soltaba la tabla, ni siquiera para beber agua. Si tenía que hacerlo dejaba primero el bocadillo apoyado en el papel de aluminio y cogía el vaso con la mano que le había quedado libre, pero en ningún caso soltaría la tabla con su mano izquierda. La tabla en sí no tenía ningún aspecto que la hiciera peculiar o irremplazable. </p>



<p>Era una tabla normal, de aproximadamente un metro de longitud y estrecha, manchada en algunas partes por salpicones de pintura y rozones, característicos del paso del tiempo y de su probable uso en albañilería. Si ya de por sí este no era un comportamiento normal, el tipo de la tabla además tenía una conducta algo perturbadora. </p>



<p>Parecía receloso, mirando a todos lados y después a su tabla, como si pensara que alguien podría robársela, quitándole así su bien más preciado. Cuando terminaba de comer su conducta se tornaba si cabe más curiosa. Se ponía de pie cuando daba el último bocado, sin permitirse saborearlo y casi a riesgo de atragantarse. Y sin perder un segundo más se iba corriendo del sitio como si la vida de alguien estuviera en peligro o si tuviera que llevar a cabo un asunto de Estado de extrema urgencia, algo que claramente no encajaba con las funciones de un operario de limpieza.</p>



<p><br>Tras varias jornadas de observación, el técnico llegó a comprobar una rutina predeterminada en el comportamiento de tan pintoresco personaje. No era su mismo comportamiento por la mañana que por la tarde. El hombre de la tabla iniciaba su jornada dando vueltas por el patio con la tabla en su hombro izquierdo. Daba exactamente tres vueltas al patio, siempre parándose en la segunda en una pequeña fuente que estaba situada entre un contenedor de materiales para reciclar y un árbol moribundo a causa de la falta de agua. Cuando terminaba esta especie de ritual de iniciación, entraba al almacén de productos por la parte por la que entraban los camiones de recogida, para así pasar sin problemas con su tabla a cuestas. </p>



<p>En la entrada del almacén cogía el inventario de productos y después de dos minutos revisándolo en busca de la localización de algún producto con expresión de concentración, se dirigía a el mismo lugar: el sector 9, pasillo 13, estante 21. Allí hacía siempre lo mismo. Apoyaba su tabla en los andamios, eso sí, siempre sin perderla de vista. Cogía una caja con cara de sobreesfuerzo, la colocaba en el suelo y paraba para secarse el sudor de la frente con la manga de su uniforme. Justo a esa hora pasaba el supervisor del almacén, con su color verde representativo, veía a nuestro hombre de la tabla y seguía su camino. Acto seguido, nuestro hombre volvía a colocar la caja en el mismo estante 21, se colocaba su tabla en su hombro izquierdo y se alejaba por el pasillo 13 del sector 9.</p>



<p><br>Luego se iba a los hornos. Con su tabla al hombro, pasaba corriendo entre los operarios absortos en las temperaturas de fusión, esquivando a aquellos que podían ser embestidos por la tabla. Corría por toda la sala haciendo zigzag y al llegar al último horno, giraba a la izquierda y cuando se encontraba en un ángulo muerto, se paraba. Descansaba ahí cinco minutos, tras los cuales siempre pasaba un operario para apagar ese horno. Treinta segundos antes de que el operario entrara en el ángulo de visión del hombre de la tabla, este se levantaba y salía por la puerta emergencia que estaba a su izquierda, bajando la tabla de su hombro momentáneamente en un paso ya automatizado para poder pasar a través del marco estrecho de la puerta.</p>



<p><br>Su siguiente destino era la sala de máquinas. Esta sala estaba ocupada por largas filas de cintas transportadoras que llevaban los materiales desde la sala de llegada hasta los molinos donde eran triturados. Aquí nuestro objeto de estudio tenía un comportamiento diferente. Entraba despacio, para no molestar a los operarios de este sector, que se encontraban concentrados en la selección de los materiales. Tranquilamente pasaba por entre las cintas de aspecto interminable hasta llegar a la zona de las escaleras que llevaba al almacén de limpieza. Subía las escaleras sin prisa, con paso sosegado y justo en el penúltimo escalón empezaba su carrera de nuevo, pasando casi galopando por delante de la cámara de seguridad que vigilaba la zona del almacén. </p>



<p>Entraba en el almacén y ahí, una vez solo y fuera de la visión de la videovigilancia, soltaba su tabla y se relajaba una hora sentado sobre un bidón de pintura que se encontraba pegado a la pared. Calculaba cuándo tocaba la hora de la comida y se dirigía al comedor común, siempre llegando dos minutos tarde, con su tabla al hombro izquierdo y mostrándose fatigado. Todo en el hombre de la tabla parecía formar parte de una rutina, hasta su propio mono de trabajo poseía las mismas manchas, distribuidas siempre igual, del mismo color y forma, un hecho difícil tratándose de un trabajo de esas características.</p>



<p><br>Cuando terminaba su almuerzo volvía de inmediato a su itinerario, esta vez con un sutil cambio, probablemente imperceptible a los ojos de quien no fuera ya un experto como el operario en observar a este sujeto, pero notablemente significativo para alguien que se pasara el día examinando sus pasos. En la jornada de la tarde, el hombre de la tabla en lugar de colocarse la tabla en el hombro izquierdo, se la colocaba en el derecho. Este gesto, aparentemente insignificante, formaba parte de ese comportamiento habitual que él había desarrollado, y todos los días justo al terminar de comer, continuaba su jornada, pero con la tabla apoyada en la parte derecha de su tronco.</p>



<p><br>En esta parte del día ya era más pausado. Su actividad no consistía en correr de un sitio a otro, sino que se dirigía a aquellas secciones de la fábrica en las cuales los operarios realizaban labores más técnicas y menos dinámicas. Primero se dirigía a la sala de etiquetado. Los trabajadores de esa sección se encargaban de clasificar los sacos con los diferentes tipos de cemento y ponerles sus etiquetas correspondientes. Nuestro individuo pasaba con su tabla por el lateral derecho, sorteando todo tipo de obstáculos como cajas, cintas de embalar huérfanas pegadas en el suelo y que suponían toda una trampa pegajosa mortal, y sacos de cemento rotos y olvidados. </p>



<p>En esta sala se dirigía a un armario que estaba cerca de los conductos de ventilación y de su interior sacaba siempre los mismos útiles de trabajo; un destornillador amarillo, un martillo de mango desgastado y varios clavos. Con las herramientas en la mano izquierda y su tabla agarrada con la mano derecha, se iba con un ritmo pausado, arrastrando las piernas como si estas resultaran muy pesadas después de un intenso día de trabajo. Salía de la estancia, pero cerciorándose de dejar la puerta abierta para que todos pudieran contemplar su trabajo. </p>



<p>Apoyaba su tabla en el suelo y justo en la pared contigua a la puerta comenzaba a clavar un clavo en la pared golpeando el martillo con todas sus fuerzas de manera que resonaba en todas las salas cercanas. Después de un tiempo, dejaba de golpear la pared. Si eras lo suficientemente observador, podías diferenciar una fila de clavos incrustados, todos de diferentes días. </p>



<p>Cuando terminaba recogía su tabla del suelo, se la echaba al hombro derecho y volvía a dejar las herramientas en el armario. Luego se iba tranquilo, sin prisa a la sala de control. Allí ya se dedicaba simplemente a pasearse de un lugar para otro, parándose de vez en cuando en un enchufe examinándolo que parecía no tener ningún fallo o cerciorándose de que las bisagras de las puertas estaban todas bien sujetas. Cada diez minutos, sacaba un pañuelo del bolsillo izquierdo del mono y simulaba secarse la frente como si hubiera gotas de sudor, aunque estas eran inexistentes.</p>



<p><br>Concluida su jornada de trabajo, el hombre de la tabla se dirigía a los vestuarios del personal, se quitaba su uniforme y con ropa de calle abandonaba la fábrica acompañado de su fiel tabla. A dónde se dirigía, era un misterio. Probablemente nadie en la fábrica conocía su nombre, siempre que pasaba entre los operarios lo hacía sin mirar a ninguno y sin intercambiar palabra alguna y tampoco se dirigían a él porque siempre parecía muy ocupado.</p>



<p><br>Intentando descifrar las claves del misterioso comportamiento del hombre de la tabla no pude pegar ojo en toda la noche. Como escapada de la metamorfosis de Kafka asumiendo un personaje inédito en la misma, me propuse llegar hasta las últimas consecuencias sobre la conducta de este singular personaje. ¿Es el hombre de la tabla el eslabón perdido de la evolución humana? ¿Tiene su comportamiento un origen extraño u anómalo acaecido durante su infancia? ¿En el seno de su familia hay personas con comportamientos similares? ¿Su forma de trabajar es simplemente una estrategia de supervivencia? ¿Quiénes fueron sus maestros? ¿Es un pícaro el hombre de la tabla o un superviviente del sistema?</p>



<p><br>He barajado numerosas hipótesis en mi cabeza. Cada una más inverosímil o disparatada que la anterior y a día de hoy sigo preguntándome el porqué de esa tabla. Por mi mente ronda la idea de la tabla como un elemento de distracción; que suponga su coartada en el caso de que alguien le acusara de no estar trabajando. Para este hombre su tabla supone su salvavidas. Podemos verlo como una metáfora de la vida. Todos tenemos algo a lo que nos aferramos para sobrevivir: en su caso es una tabla vieja, en tu caso a lo mejor es una persona o para otro es el arte. </p>



<p>Sería imposible tener una “tabla” específica para cada minuto del día, para cada situación o para cada ámbito de nuestra vida. Quizás ese hombre se aferra a esa tabla porque nadie le ha enseñado otra cosa; puede que haya tenido un origen muy duro y es lo único que le ha quedado de ese pasado; a lo mejor sus padres trabajaban horas y horas sin descanso para al final ser explotados y no ver el fruto de su esfuerzo y por eso ha desarrollado esa estrategia; o puede ser que simplemente sea un holgazán.</p>



<p><br>Es difícil juzgar el comportamiento humano porque la vida tiene múltiples interpretaciones. Personalmente prefiero hacer frente a los desafíos, enfrentarlos cara a cara sin necesidad de una tabla en la que refugiarme. Es posible que su barco se hubiera ido a pique y la tabla era lo único que lo mantenía a flote. Pero en mi caso si el barco se va a pique, intentaré salvarme nadando.<br>No obstante, me gustaría que los lectores formulasen nuevas preguntas y encontrasen las respuestas que definan los comportamientos del hombre de la tabla. Sería una enriquecedora manera de acercarse individualmente al comportamiento de este singular personaje.</p>
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